Era Nochebuena y la ciudad estaba vestida de luces, pero adentro del Casino Aurora no existía la Navidad: solo el sonido metálico de las fichas, las cartas deslizándose sobre el paño y una ruleta girando como si el tiempo no importara.
Tomás entró con el abrigo mojado por la lluvia y los bolsillos casi vacíos. Afuera, la gente brindaba; adentro, la suerte decidía destinos. No venía a ganar millones, solo a recuperar lo justo para volver a casa con dignidad. Su mamá lo esperaba con la mesa puesta y un pan dulce que ya debía estar seco.
Se sentó en la mesa de blackjack. A su lado, un viejo de barba blanca y saco rojo gastado le guiñó un ojo.
—En Navidad, pibe, no siempre gana el que apuesta más —dijo, barajando fichas como si fueran estrellas.
Tomás sonrió con incredulidad. Perdió dos manos seguidas. En la tercera, dudó. Podía plantarse… o arriesgarlo todo. Miró al viejo, que levantó su copa y murmuró:
—Una más.
Pidió carta. 21. El crupier se pasó. El casino rugió en silencio. Tomás respiró por primera vez en semanas. No era una fortuna, pero alcanzaba: regalos simples, comida caliente, colectivo de vuelta.
Cuando quiso agradecerle al viejo, la silla estaba vacía. Solo quedó una ficha dorada que no pertenecía a ninguna mesa. En un costado decía: “Usala bien”.
Tomás salió del casino justo cuando daban las doce. Las campanas sonaban a lo lejos. Caminó rápido, con frío, pero con el corazón lleno. Esa noche entendió que la Navidad no estaba en ganar, sino en saber cuándo levantarse de la mesa.
Y dicen que, cada Nochebuena, en el Casino Aurora, si escuchás bien entre las cartas… se oye una risa suave y un ho ho ho mezclado con el girar de la ruleta 🎄🎰
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