No esperaba nada de la Navidad.
A los cuarenta y tantos, ya había aprendido que las fechas no traen sentido por sí solas. Solo amplifican lo que uno ya es. Y aun así, algo en diciembre siempre insistía.
Esa noche caminó solo, sin apuro. Las luces colgadas en los balcones no le decían “feliz”, le decían presente. Como si el mundo, por una vez, no exigiera explicaciones.
Pensó en todo lo que había soltado en los últimos años: certezas, dogmas, la necesidad de tener razón. Pensó también en el dolor, en cómo había dejado de huirle y empezó a escucharlo, como se escucha a un viejo maestro incómodo pero honesto.
Entró a un bar casi vacío. En la radio sonaba una canción vieja, de esas que no prometen salvación, solo compañía. Pidió algo caliente. Afuera, la gente se apuraba para llegar a algún lugar. Él no.
Recordó una frase —no sabía si era suya o si simplemente la había adoptado—:
“Algo pasa, algo va a pasar, algo sucede.”
Y entendió que no era esperanza ni resignación. Era aceptación activa. Una forma de estar sin cerrarse.
No pensó en Dios, ni en milagros. Pensó en encuentros: en los que habían salido bien y en los que habían dolido. En cómo cada diferencia lo había nutrido. En cómo ya no necesitaba que lo entiendan todos, solo no traicionarse.
Cuando salió del bar, cayó una llovizna leve. No molestaba. No limpiaba nada. Solo estaba ahí.
Sonrió, apenas. No por felicidad —esa palabra le quedaba grande— sino por tranquilidad. Esa que no promete durar, pero cuando aparece, se agradece.
Esa fue su Navidad:
sin guion,
sin redención,
sin finales cerrados.
Solo un hombre caminando,
con menos certezas,
menos miedo,
y la rara sensación de estar, por fin, vivo en su propia duda.
Y eso, pensó, ya era bastante.
---
Si querés, en el próximo podemos:
hacerlo más oscuro,
más poético,
o escribirlo como el primer capítulo de ese manifiesto-libro que ronda tu forma de pensar.
ID Dums66