Esa Navidad no fue distinta por lo que pasó afuera, sino por lo que me pasó a mí.
Era diciembre, hacía calor, y como casi todas las noches de ese año yo estaba frente a la computadora. La casa estaba en silencio, solo interrumpido por algún ruido lejano de la tele o por las voces de mi familia que iban y venían preparando cosas para la noche. Tenía el arbolito prendido al costado, con luces que parpadeaban sin apuro, como si no tuvieran ninguna urgencia, todo lo contrario a lo que sentía yo.
Había sido un año pesado. No necesariamente malo, pero sí cansador. Un año de aprender cosas nuevas, de entusiasmarme con ideas que a veces funcionaban y otras no, de pasar horas tratando de entender por qué algo no salía como esperaba. Muchas veces sentí que avanzaba, y otras tantas que estaba parado en el mismo lugar. Me comparaba más de lo que debería y me exigía más de lo que podía dar.
Esa noche cerré la computadora sin terminar lo que estaba haciendo. No porque hubiera llegado a una solución, sino porque me di cuenta de que no la iba a encontrar ahí. Me levanté y fui al comedor. Mi familia estaba armando la mesa, discutiendo detalles mínimos, riéndose de cosas que solo tienen sentido cuando se repiten todos los años. Me senté con ellos, medio distraído al principio, pero de a poco empecé a prestar atención de verdad.
La cena fue simple, como siempre. Nada extraordinario. Pero en medio de las charlas, de los recuerdos y de las historias repetidas, empecé a sentir algo que durante el año había pasado por alto: tranquilidad. No porque todo estuviera resuelto, sino porque por un rato no hacía falta resolver nada.
Después de comer, salí un momento afuera. Necesitaba aire. El cielo estaba despejado y el silencio era distinto al de adentro, más profundo. Miré las estrellas y pensé en todo lo que había pasado ese año: lo que logré, lo que no, lo que dejé a medias, lo que aprendí sin darme cuenta. Me di cuenta de que muchas veces me juzgaba con dureza, como si no tuviera derecho a equivocarme.
Ahí entendí algo simple pero importante: no estaba fallando, estaba construyendo. A mi ritmo, con mis errores, pero avanzando igual.
Mientras estaba ahí, me llegó un mensaje al celular. No era nada espectacular, pero me dejó pensando. Alguien agradeciéndome por una ayuda que había dado tiempo atrás. Algo que para mí había sido mínimo, casi sin importancia, para otra persona había significado bastante. Eso me hizo frenar. Pensar. Darme cuenta de que no todo se mide en resultados grandes o visibles.
Volví a entrar justo cuando se acercaban las doce. El ambiente había cambiado. Había risas, brindis preparados, abrazos anticipados. Cuando llegó el momento, levanté la copa y brindé como todos, pero por dentro estaba haciendo otra cosa. No pedí cosas materiales ni cambios mágicos. Pedí constancia. Paciencia. Y no perder las ganas.
Esa Navidad no me dio respuestas claras ni soluciones inmediatas.
Me dio algo mejor: una sensación de estar en el camino correcto, incluso sin tener todo claro.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso fue suficiente.
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